Hubo un tiempo en que el miedo se reservaba para las películas, las novelas apocalípticas o cuando mucho a los noticieros de las nueve. Hoy el terror vive en el feed. Basta deslizar el dedo para descubrir que el flúor controla tu mente, que el atún en lata es básicamente una mina antipersonal, que el gluten es un demonio ancestral y que el Titanic no se hundió por un iceberg sino por un complot financiero que, curiosamente, solo puede explicarse en 60 segundos y con música inquietante.
La vida moderna, según redes sociales, es una trampa mortal con código de barras… y ahora también con algoritmo.
El mecanismo es casi elegante. Se toma algo cotidiano, se le quita el contexto, se le agrega un tecnicismo que suene a villano de película y se remata con la frase mágica: “nadie te dice que…”. No importa que sí lo diga medio planeta científico; lo importante es que no lo diga el algoritmo.
Así, el flúor deja de ser un compuesto usado en odontología para convertirse en “neurotóxico acumulativo que calcifica la glándula pineal”. La frase suena tan grave que uno imagina al cerebro endureciéndose como estalactita, cuando en realidad el asunto es menos místico y más aburrido: dosis, forma de uso y evidencia clínica. El flúor en cantidades altas es tóxico, como el agua, el oxígeno o hasta el amor obsesivo. En pasta dental, usado de forma tópica, reduce caries. Fin del hechizo. Pero eso no vende.
Pasa lo mismo con palabras como “disruptor endocrino”, que en redes suena a sentencia divina, pero que en ciencia significa “una sustancia que podría interferir con hormonas en ciertas condiciones”. O “radiación”, que se mete en el mismo saco sin distinguir entre la que te fríe el ADN y la que calienta un plato de sopa. Decir que el microondas “emite radiación” es tan alarmante como decir que un cuchillo “es un arma blanca”. Técnicamente correcto, contextualmente inútil.
En esta narrativa, el influencer no informa: revela. No duda, no matiza, no compara riesgos. El médico dice “depende”; el influencer dice “esto te mata”. Y en un mundo cansado, la certeza absoluta resulta más reconfortante que la verdad compleja.
Y cuando la ciencia ya no alcanza para asustar, entra la conspiración. Si el flúor es malo, alguien lo puso ahí para dominarte y evitar que te “ilumines”. Si el Titanic se hundió, fue a propósito. Si no conoces la Antártida, es porque está prohibida. El azar es aburrido, el error humano decepciona, pero un plan secreto global le da sentido a todo. No importa que haya turistas en la Antártida o archivos completos del Titanic; lo importante es sentir que uno pertenece al pequeño grupo que “ya despertó”, aunque se lave los dientes todos los días.
Hasta aquí, el guion era conocido. Pero recientemente se sumó un nuevo acto: la inteligencia artificial como evangelio.
Hoy se repite con entusiasmo casi religioso que quien “aprenda a usar IA” será más exitoso —y más millonario— que quien lleva años estudiando, investigando o perfeccionando una disciplina. No importa si el otro sabe medicina, ingeniería, derecho o arte; lo verdaderamente valioso, nos dicen, es saber escribir prompts. Como si décadas de conocimiento pudieran ser reemplazadas por una herramienta que, paradójicamente, se alimenta de ese mismo conocimiento.
La IA pasó, en tiempo récord, de ser una tecnología fascinante a convertirse en otro objeto de fe. No se entiende cómo funciona, no se revisa lo que produce, pero se cree. Porque creer es más rápido que verificar.
El resultado es una avalancha de contenidos generados automáticamente que muchos comparten sin mirar dos veces. Videos “asombrosos” donde un perro va dentro de una cápsula marina transparente “nadando” junto a tiburones, pulpos y peces tropicales, con una pata misteriosamente fuera de la cápsula, un fondo marino que cambia de textura cada segundo y un piso que pasa de arena a mármol como si el océano tuviera problemas de identidad. Todo es incoherente, pero tiene millones de vistas. Y eso, al parecer, lo vuelve verdad.
La lógica es la misma de siempre: si se ve espectacular, si parece futurista, si está narrado con voz solemne, no se cuestiona. La tecnología sustituye al criterio, y el asombro reemplaza al pensamiento crítico.
El miedo, además, sigue siendo un negocio redondo. Primero te dicen que todo te enferma: la comida, el agua, la medicina, el aire. Ahora también te dicen que, si no usas IA de cierta forma, te quedarás atrás, serás irrelevante, pobre y obsoleto. Luego, convenientemente, aparece la solución: el curso, la mentoría, el “método probado”. El incendio lo provocan ellos, pero también venden el extinguidor.
Y en medio de todo esto ocurre el daño silencioso. Personas que ya no saben qué comer sin culpa, que temen medicarse, que desconfían del conocimiento experto y que ahora también dudan del valor de aprender algo a profundidad, porque alguien en redes les prometió un atajo milagroso.
Claro que comer mejor importa. Claro que cuidarse, informarse y usar nuevas herramientas —incluida la IA— es una realidad. Nadie sensato lo discute. Pero entre eso y creer que todo lo que tenga un nombre largo, un tono alarmista o miles de likes es una verdad absoluta, hay una diferencia enorme.
Porque cuidarse no es vivir con miedo.
Porque usar tecnología no es dejar de pensar.
Y porque aprender de verdad sigue siendo más lento, menos vistoso y mucho menos viral… pero infinitamente más sólido que cualquier “nadie te dice que” narrado con música dramática.


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