jueves, 19 de junio de 2025

CÓMO ENTRENAR A TU DRAGÓN, NOSTALGIA EN CARNE Y ESCAMAS


Hay adaptaciones que parecen innecesarias, y otras que —aunque sigan el mismo libreto— logran tocarte el alma de una forma distinta. El live action de ‘Cómo entrenar a tu dragón’ no revoluciona nada. No cambia el rumbo del cine. No aporta una nueva lectura ni forza una reinterpretación moderna con discursos ‘post’ lo que sea. Y, sin embargo, emociona. Te sacude. Y, si eres de corazón más blandito que vikingo, hasta una lagrimita te arranca.


Estrenada el pasado 13 de junio, “Cómo entrenar a tu dragón” en versión live action, demuestra que, aunque sepas exactamente lo que va a pasar, aún puedes conmoverte. Incluso más que antes.


Con Dean DeBlois regresando como director (sí, el mismo de la trilogía animada original de DreamWorks), este proyecto era un arma de doble filo: podía ser una copia sin alma o una adaptación con cariño. Afortunadamente, es lo segundo.


No innova ni busca reinterpretaciones forzadas. La historia es la misma: Hipo, un adolescente que no encaja, conoce a Chimuelo, un dragón que tampoco encaja y una amistad improbable que termina por cambiar su mundo y el nuestro. Pero esta vez, la fotografía eleva cada escena con una belleza visual que por momentos parece sacada de una pintura épica. Los acantilados, los vuelos, la neblina vikinga: todo se siente más grande y más íntimo a la vez. Un diseño de producción que hace que el poblado de Berk luzca tan real como mítico, y un trabajo de sonido envolvente que logra elevar aún más el vuelo emocional de cada escena.


Recomendación importante: si tienes oportunidad, vela en IMAX. No solo por lo visual, que ya de por sí es impresionante, sino porque la mezcla de sonido y la escala de las escenas de vuelo realmente se sienten como una experiencia inmersiva. La pantalla gigante no solo agranda a los dragones… agranda la emoción.


El casting, por su parte, acierta sin ser copia exacta de sus versiones animadas. Mason Thames (Hipo) y Nico Parker (Astrid) no sólo se parecen lo justo, encarnan la esencia. Y eso vale más que cualquier fidelidad estética. Ella tiene firmeza y ternura en igual medida. Él proyecta esa mezcla de duda y coraje que definió al Hipo original por lo que logran hacer creíble una historia que ya conocíamos… pero que ahora se siente más humana, personas de carne, hueso… y cicatrices emocionales.


A nivel técnico, el filme no decepciona. Los dragones, ese otro punto crítico de cualquier fan, están muy bien logrados. Si partimos de que son criaturas fantásticas y que nuestra única referencia real son perros leales y gatos con alas (en actitud), entonces sí: Chimuelo y compañía están a la altura. Son creíbles, tiernos, majestuosos cuando deben, y sobre todo… expresivos. Lo suficiente como para sentir que hay algo ahí más que píxeles.


¿Pudieron haberse arriesgado más en su diseño? Quizás. Pero, seamos honestos: no tenemos una referencia real de cómo debe lucir un dragón, así que nuestra imaginación colectiva acepta con gusto esta criatura adorable y feroz a la vez.


¿Aporta algo nuevo? No. ¿Le resta emoción? Tampoco. Porque aunque sepas lo que va a pasar, te lo cuenta con tanta sensibilidad que terminas cayendo de nuevo. Como quien vuelve a leer una carta vieja o visitar la casa de la infancia. No hay sorpresa, pero hay sentimiento.


Aunque hay quien acusa falta de riesgo, la mayoría coincide en que la película funciona porque no pretende ser otra cosa. A veces, lo conocido también reconforta.

Y el público ha respondido. En su primer fin de semana, ‘Cómo entrenar a tu dragón’ recaudó 197.8 millones de dólares a nivel mundial, incluyendo 83.7 millones solo en EE. UU. y Canadá. Superó con eso el arranque de cualquiera de las tres películas animadas originales. Para un filme con un presupuesto estimado en 150 millones, eso no solo es buena señal, es una afirmación clara: la gente quería volver a volar con Chimuelo..


Y, personalmente, lo confieso: esta vez sí lloré. Con la animada no me pasó. Quizás porque la animación te deja una pequeña barrera emocional. O quizás porque ahora, con actores de carne y hueso, el dolor, el amor y el final feliz se sienten más tangibles. Más cercanos. Más nuestros.


Así que no, ‘Cómo entrenar a tu dragón’ (live action) no reinventa nada. Pero logra algo cada vez más raro en el cine: emocionar, aún sabiendo lo que va a pasar. Y eso, en estos tiempos de fórmulas recicladas y cinismo narrativo, se agradece como un buen vuelo: silencioso, hermoso, libre.

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